martes, 15 de septiembre de 2020

La obsolescencia programada: el motor secreto de la sociedad de consumo.

Fuente: NEXE - Anaïs Barnolas

Las empresas incluyen piezas defectuosas a los aparatos electrónicos para que tengan una vida corta y queden obsoletos en pocos años, forzando al consumidor a comprar otros nuevos. Francia ha sido el primer país en prohibir esta práctica, que como indican algunos estudios, tiene un grave impacto sobre el medio y la salud de las personas.

La obsolescencia programada: el motor secreto de la sociedad de consumo

Una bombilla de filamento de carbono ilumina sin interrupción desde el año 1901 el vestíbulo del cuartel de bomberos de Livermore, California. En 2001, cuando se cumplió un siglo de su funcionamiento, el Comité de la Bombilla -creado alrededor de este fenómeno- dedicó una fiesta de cumpleaños, tal como se puede ver en el documental Comprar, tirar, comprar .

La duración de este objeto, diseñado en 1895 por la Shelby Electric Company, es todo un misterio, ya que su inventor, Adolphe Chaillet, se llevó el secreto a la tumba. Dos décadas más tarde, este humilde producto se convirtió en el primero que las empresas acortaron la vida, un hecho conocido por obsolescencia programada y que el economista Serge Latouche analiza en su libro Hecho para tirar .

Latouche explica que la gran longevidad de las bombillas, como era Livermore, preocupaba a las grandes compañías, las que veían que a causa de ello en venderían pocas. Ante este hecho, en 1924, en pleno auge de la sociedad de consumo, General Electric y otras firmas se reunieron en Ginebra para controlar el mercado mundial. El acuerdo al que llegaron, llamado "Cártel Phoebus" y del que se conservan algunos documentos, consistió en limitar la duración de las lámparas a 1.000 horas. Un acortamiento de su vida útil que los mismos fabricantes transformaron en argumento publicitario.

La misma situación ocurrió en los años 40 con las medias. La empresa DuPont sacó al mercado el nylon, material que las hacían muy duraderas y libres de carreras, pero con el objetivo de acortar su vida probaron nuevos químicos para hacerlas más débiles y, escalonadamente, menos resistentes .

Este tipo de políticas se extendió en otros productos a partir de los años 50, cuando el crecimiento se convirtió en el santo grial de las sociedades occidentales y las marcas se subieron al carro de la fabricación con obsolescencia programada. En cambio, en la URSS, Alemania del Este y otros países de la órbita comunista, las firmas continuaban elaborando artículos que, según expone el cofundador del Movimiento Sin Obsolescencia Programada (SOP), Oscar Burgos, tenían una perdurabilidad muy superior , en torno a los 25 y 30 años.

Caducidad técnica, seducción psicológica

A menudo los productos quedan obsoletos debido al progreso técnico, como es el caso de los ordenadores, cuyo Burgos pone un ejemplo: "Windows saca un programa que es incompatible con el software que tienes en tu ordenador porque ha cambiado el sistema operativo y ya no te permite actualizarlo ".

Pero más allá de esta obsolescencia técnica, también existe lo que Serge Latouche califica de obsolescencia psicológica, definida por la "persuasión clandestina" con que las empresas empujan al consumidor a desear un nuevo producto. "Lo hacen a través de la presentación, el diseño y el embalaje", destaca Latouche.

También sobre este hecho se refiere Adrià Andújar, técnico de medio ambiente y proyectos de Solidança , cooperativa que trabaja en la reparación de electrodomésticos, para quien "ahora fomentan las neveras que tienen las puertas transparentes, pero más adelante volverán a estar- lo las que son de metal ". Y lo mismo con la moda, en la que "si durante un año se promueve la ropa con estampados de cuadros, el siguiente los consumidores se desharán para que se promoverá la de rayas", explica Óscar Burgos.

Ponerse de acuerdo en la duración de los productos está actualmente penalizado. De hecho, algunas marcas ya han recibido sanciones por pactar entre ellas la obsolescencia de sus artículos, como hizo el Cártel de Phoebus. Pero, según Burgos, "este juego oculto continúa produciéndose, ya que los aparatos, independientemente de la marca que sean, tienen la misma duración".

Una de las técnicas para que duren el mismo tiempo asegura Serge Latouche- es la introducción de dispositivos que limitan la perdurabilidad del aparato. "En el caso de las impresoras, tienen un chip electrónico que las bloquea cuando llevan 18.000 impresiones, lo que obliga a los usuarios a comprar nuevas". Y lo mismo ocurre con las pantallas de los nuevos modelos de móviles, que, tal como indica Andújar, para cambiarlas se necesita una placa de inducción; o la cafetera para limpiar el poso del café, que para limpiarla debe desmontar con un destornillador especial ". "El usuario puede adquirirlo por Internet o una tienda especializada, pero termina renunciando para que le supone perder horas y dinero y que, como suele suceder, si comprar una nueva cafetera, el obsequian con una gran cantidad de café" , expone.

A propósito de estas estrategias de persuasión, Solidança ofrece herramientas para arreglar los electrodomésticos en su centro de reparación y reutilización, donde también organiza talleres y actividades de educación ambiental para que la gente sepa arrenjar los aparatos. "Lo que no podemos arreglar, lo desmontamos para vender las piezas a fin de que otros aparatos estropeados del mismo modelo vuelvan a funcionar", explica Adrià Andújar.

Desuso con impunidad

Diferentes partidos políticos, como ERC, Cataluña en Común o el PSC, han añadido a sus programas la lucha contra la obsolescencia programada. Del mismo modo que la Unión Europea aprobó en 2017 la resolución Una vida útil más larga para los productos: ventajas por los consumidores y las empresas . "Pero en la práctica esto queda en papel mojado, ya que aún no se ha aprobado ninguna legislación al respecto que afecte al conjunto de la Unión", denuncia Burgos.

De momento, sólo Francia ha prohibido esta práctica, castigándola en dos años de prisión y 300.000 € de multa, y ha llevado a los tribunales compañías por haber incurrido. Lo hizo en 2017, cuando denunció Apple para empeorar el rendimiento de las baterías de los iPhones más antiguos e inducir a los propietarios a reemplazarlas o comprar un nuevo modelo de móvil. Debido a ello, ha tenido que afrontar una multa 25 millones de euros. Como también por el mismo motivo Italia juzgó esta compañía ya Samsung el año 2018.

La falta de un marco legal que impida la obsolescencia, pues, continúa causando estragos. Y es que, según el informe Global E-waste Monitor 2020  realizado por la Universidad de las Naciones Unidas (UNU), la Unión Internacional de las Telecomunicaciones (IUT) y la Asociación Internacional de Residuos Sólidos (ISWA), sólo en 2019 cada habitante de España generó 19 kilos de desechos electrónicos. "Esto tiene consecuencias irreversibles para el medio ambiente, ya que 150 millones de ordenadores acaban cada año en vertederos de países como Nigeria y Ghana", comenta Serge Latouche. Para este veterano economista, padre de la Teoría del decrecimiento ,si bien Europa exporta miles de ordenadores viejos en los países más necesitados, sólo un 20% de los que llegan a destino son funcionales; "Por lo que acabamos convirtiendo los países en vías de desarrollo en vertederos internacionales, con los impactos que esto genera". Según Latouche, las consecuencias no son sólo ambientales, sino también para la salud de los niños y adolescentes que escarban entre la chatarra para extraer trozos de metal, ya que "mientras lo hacen, absorben vapor tóxico".

Para Latouche y el resto de activistas, revertir este derroche sólo será posible si se actúa desde la concienciación, "haciendo ver que, finalmente, lo importante es el servicio que ofrece el aparato", defiende Andújar. Una opinión compartida por Burgos, para quien "pagar menos por un producto no significa que sea más provechoso. La clave es que esté elaborado con mejores materias primas ".

Después de todo, dice Latouche, hay que entender que los recursos son limitados, lo que obliga a la población a practicar un consumo responsable y sostenible, porque "si continuamos a la misma velocidad, nos estrella".

RECICLAJE BAJO MÍNIMOS

Cada vez hay más iniciativas que dan una salida a objetos estropeados u obsoletos. De todas ellas podemos destacar la catalana Solidança, fundada en 2002 y que ya cuenta con 65 puestos de trabajo, y la vasca Koopera, cuna de cooperativas y empresas de inserción que, desde su nacimiento, se dedica a la recogida, tratamiento y recuperación de residuos. Con 259 empleados y 257 voluntarios, Koopera ha consolidado en el ámbito del desarrollo ambiental.

A pesar del aumento de estas experiencias, pero, aún estamos lejos que el procesamiento sea una realidad, dado que según el último informe Global E-waste Monitor 2020 , del conjunto de electrodomésticos en desuso sólo se reciclan el 17,4%. Un porcentaje que revela el enorme trabajo que queda en este terreno, especialmente cuando la aplicación de normativas y proyectos capaces de gestionar el volumen de desechos electrónicos que genera la actual sociedad de consumo.

 

autoría: Anaïs BarnolasArtículo original: https://nexe.coop/reportatge/l%E2%80%99obsolesc%C3%A8ncia-programada-el-motor-secret-de-la-societat-de-consum

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